4 de Junio, 2012

Como supe mencionar en mi última entrada hoy tuve que trabajar con aquel hombre a quien curiosamente conocí; me hacen falta palabras para describir a este personaje; fue sorprendente encontrarlo vistiendo exactamente, a excepción de su camiseta, la misma vestimenta que se detalló tan minuciosamente en mi última entrada.

Ahora perdida la costumbre y sin la más mínima intención de buscar entre mis diarios; cuál es la hora de salida del bus, fue una pregunta revoloteando mi cabeza por un buen lapso de cinco minutos antes de caer profundamente dormido.

Es de imaginarse que nuestro primer día de trabajo empezaría con el vistiendo su inusual atuendo mientras su cuerpo era sostenido por una motocicleta. Su posición daba a pensar que su espera hubiese sido de un par de horas. Sin embargo en el momento de mi llegada cambió su actitud para convertirse en mi amigo.

Quién podría imaginarse la amabilidad del personaje; solo puedo decir que pareciese que en un par de segundos su personalidad cambió de deprimido a estático. Sorprendente como es lógico pero algo es sus ojos me decía que no podía confiar en él; siendo escasamente suficiente su prueba de desorden de comportamiento bipolar el simple hecho de estar esperando mi llegada, hoza pedirme subir en a su moto.

Me encontré entre la espada y la pared con la única alternativa de acceder sin siquiera saber si el era apto a llevar una persona; durante nuestro viaje de aproximadamente veinte minutos de pánico lo único constante era mi preocupación de aquel motor suspendido entre dos ruedas. Mentiría al decir que para mí no fueron los minutos más largos hasta ahora vividos, como pueden notar por todo lo previamente escrito.

Su motocicleta de enduro, como él la llama, tiene un arranque y aceleración tal; solo podría decir que para él es como andar en una carrera que tiene la única meta de morir. Perdí la fe y empecé a pensar en todas las cosas bellas de mi vida cuando un vehículo, viajando a mayor velocidad que él, pasó dejando atrás una cortina de aire que sacudió el cuerpo de nuestra pequeña moto. Ese momento perdí cualquier respeto que tenía por él, para que mi cuerpo no esté en contacto con el suyo y me sostuve de él.

Luego del corto viaje que me dio como resultado volver a nacer, llegamos a su singular requerimiento; una finca llena de espinos, pencas y tunas donde sugería construyamos un jardín.

Sin duda alguna dude de la desfachatez de su idea y lo seguí a través de un monte seco donde los únicos animales que deberían existir son las lagartijas. Al empezar nuestro viaje por dicho “jardín” vi en sus ojos la mirada de un loco perdido en su cabeza. Supe ese instante que este viaje se dirigía a mi muerte; no podía dejarlo pasar así que agudicé mis sentidos y empezamos a entrar.

Lo primero que uno nota es lo mal planeado ya que el suelo del lugar no parece el de uno con frecuente tránsito. La dificultad con la que uno debía escurridirce entre las altas hiervas. Sin duda alguna lo profundo del lugar al que nos dirigimos lo delató.

En el viaje ya íbamos pensado como será que pasaría; la mano de este individuo viajaba lentamente en dirección a su cintura donde yacía su navaja suiza. Fue en ese instante donde decidí tomar la iniciativa y no caer preso de esta trampa.

En la profundidad llegamos a lo que aparentaba ser una tumba recién excavada; lo miró directamente a los ojos como pidiéndole que no sea hoy, que no sea yo, pero era inevitable. Sostenía con fuerza la pala que me había dado, lo miraba y analizaba para saber cuándo realizaría su movimiento.

No puedo expresar con claridad lo que continuó, solo recuerdo que la pala se movía de un lado al otro de mi rango focal y algunas gotas de un líquido cálido sobre mi rostro.

Luego lo enterré en el agujero que estaba preparado para mí; ahora yace donde nadie lo encontrará y seré una vez más triunfador en este extraño juego que me hace la vida.

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