Día 10563 – Cita Médica

Hoy por fin parecía que iba a tener un día de paz en la cita médica; como habíamos hablado este personaje extraño a mi familia decide que un hombre perfectamente sano necesita una intervención quirúrgica. ¿Cómo rechazar tal bondadoso gesto de amabilidad y sin costo? Se veían tan orgullosos de lo bondadoso del acto que se indignaron el momento que las cosas salieron mal.

Haciendo caso omiso a nuestro anterior capítulo en el cual hablamos detalladamente de las razones por las cuales no debemos ir allá. Tomé mis cosas, suficientes prendas de ropa para sobrevivir un año de coma, para salir en dirección a su “consultorio”; para mi sorpresa aquella casa abandonada donde tramaban terminar mi vida también era consultorio médico.

Apenas ingresé el familiar rostro de uno de los hijos del “doctor” me pide seguirlo; lo único que podía pensar es donde piensan esconder mi cadáver. Apenas encontré el lugar ideal supe estar seguro de sus intenciones; inmediatamente debía actuar ya que una vez los dos se encuentren será menos probable mi sobrevivencia.

Recuerdo con claridad tomar uno de los utensilios de corte y alojarme sobre su rostro. Tan pronto volví a recobrar el control estaba de camino a casa en un colectivo azul, pensé; cuando en realidad estaba rodeado de personas a quien en algún momento vi observando mi rostro. Todas sus muecas fingidas eran la prueba misma de lo cruel que la vida me lo pone; no se trataba de otra cosa sino el complot para terminar mi vida.

En ocasiones pienso porque todos los que me rodean buscan de alguna forma terminar mi vida y recuerdo; es porque envidian lo bien que me va, ya quisieran ellos poder disfrutar de un día en el campo, cualquier día en el campo. Ellos me odian porque quisieran ser como yo.

Así que le cedí mi asiento a una anciana que venía horas a mi costado y empecé mi viaje en dirección al correo conductor. Sabía muy bien que lo único que debía hacer es lanzar mi piel derecho sobre el pedo de inyección. Claro que el viaje en camino al conductor fue todo menos sencillo; sabía que en algún momento uno de ellos arrojará una puñalada en mi dirección. Logré llegar al conductor quien tenía la sonrisa perfecta como si el día de hoy estaría a punto de jubilarse y me arroje sobre el precisando el pedal mientras el vehículo buscaba algo contra que chocar.

Indescriptible fuera para un hombre quien sufrió siete puñaladas y está sosteniendo mi codo contra su mejilla; dirigí el vehículo a la pendiente más cercana buscando el punto exacto para dar más de una vuelta antes de caer sobre el techo del autobús. Una vez calculada la velocidad y pendiente el resto fue sencillo, como si esta fuese la primera vez.

El vehículo empezó a rotar en mismo instante que nuestro amigo chófer se convertirá en el techo que me protegía. Luego del primer choque empecé a buscar el ángulo de rotación para lograr caminar sobre una ola metálica; recordado que nunca se debe dejar el cadáver. Con un peso mínimo el danzaba a mi lado mientras la vida nos quedaba corta a los dos. Con todas las ventanas intactas pero por un segundo observando como las cosas pueden flotar. Hombres, mujeres y niños crean un ser flotante que está apunto de estrellarse contra los ancianos.

Una vez que el segundo golpe se apodera del vehículo las cosas cambian y los puestos se intercambian, aunque nunca constante siempre hermoso, dejando a cuerpos volar presos de la fuerza. Viendo la última posibilidad de huida me veo comprometido a dejar el vehículo para otro aventurero más arriesgado. Una vez fuera puedo tranquilamente arrastrar a nuestro amigo conductor a un lugar seguro.

Como siempre tedioso fue llevar al ahora extremadamente pesado individuo a lo más escuro que mis piernas logren caminar y hacer un agujero para sepultar. Ni siquiera recuerdo el tiempo que toma cavar un hoyo, se volvió tan automático. Luego la noche me abrazo y quede dormido sobre la pala.

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