Al escuchar mi nombre, ser llamado por la recepcionista, juré sentir el compás de mi corazón como pasos corriendo fuera del lugar. Luego de un instante empezó el viaje que tanto esperaba; mis pies parecían correr hacia la puerta del consultorio. Allí estaba ella quien durante todo este proceso fue más que una doctora, alguien en quien confiar. La saludé a la distancia pero ella rápidamente se acercó para darme la bienvenida. No recuerdo con claridad si ella me pidió tomar asiento o si mi cuerpo lo hizo por reflejo.

Su sutil voz siempre supo encontrar los secretos más profundos, muchas veces el sorprendido de mis relatos fui yo, esta vez no fue diferente. La miré a los ojos pero siendo casi imposible mantener la mirada; busqué formas de expresar estos sentimientos. Finalmente obtuve el coraje de enfrentar este temor que tanto tiempo me estuvo atormentando.

“El día de hoy vi a mi agresor”, dije en palabras entrecortadas.

Su rostro fue por primera vez el de sorpresa; quizá jamás hubiese recordado estos hechos si no fuera por coincidencia. Curiosidad fue todo lo que ella tenía para ofrecer, así que empecé a recordar.

Difícilmente puedo dar la edad exacta pero sí las lágrimas oscureciendo mi mirada mientras el esposo de mi tía repetía, “llorar es de mariconcitos, aprende a ser hombre”. Su juego maquiavélico era repetido día tras día mientras ella miraba inmuta. Ahora pienso que debe ser difícil ser tan pequeño para engrandecerse con el dolor de un niño.

Librarme de este peso que tanto tiempo estuvo sobre mis hombros de dio la fuerza para volver a volar. Ahora solo lo veo con lastima y espero que el daño que él causó en mí nadie lo experimente jamás.