Misterios del misterio

Estoy atrapado en un barrio de las afueras de la ciudad, por causa de un paro del transporte. No sé por qué vine aquí a sabiendas de que estaba anunciado el paro. En este atardecer, veo pasar personas muy extrañas, pero no me atrevo a preguntarles donde encuentro un taxi, porque me van a mirar con ojos de asombro. Prefiero estar quieto y silencioso por un buen rato, mientras dejo que mi inconsciente busque soluciones; ¡eso me ha dado muy buenos resultados en muchas ocasiones!

Observo una casa abandonada y algo me dice que debo entrar allí para protegerme de todos esos desconocidos que no parecen tener buenas intenciones. Tiene el aspecto de esas casas que dejaron en su huida, en varias ciudades, esos torvos personajes que estaban dedicados al comercio ilegal y la delincuencia en general. La puerta principal cede fácilmente y logro entrar. Estoy en una espaciosa y bastante deteriorada sala-comedor que fue muy lujosa, según se nota por el tipo de piso, ya carcomido, los frisos, de donde parecen haber sido arrancadas incrustaciones de oro, los cortinajes de terciopelo hechos jirones, las sombras que dejaron los inmensos cuadros retirados de la pared.

Me siento con cuidado en uno de los sillones que quedaron y percibo el olor polvoriento de su desteñido tapizado; un ratón sale corriendo y se pierde por un rincón; un escalofrío me recorre de pies a cabeza. ¿Qué alimañas e ingratas sorpresas encontraré allí adentro? ¿No debería escapar de inmediato? nadie me retiene. Inspiro y exhalo profundamente varias veces para cobrar ánimos, pero me siento atornillado al sillón. Como que algo me dice que no avance más… ¿Otra vez “algo me dice”? ¡No! No existen “algos” que nos hablen; todo está dentro de mí; es mi miedo el que me paraliza; debo continuar la exploración que inicié.

Tres botellas de whisky y aguardiente, a medio consumir, que quedaron abandonadas en una vitrina rota me hacen antojar de un trago para “templar los nervios”, pero desisto para no mezclar en mi saliva la saliva corrompida de los personajes corrompidos que de allí pudieron haber bebido directamente sin molestarse en usar las copas de fino cristal volcadas a su lado; solo me acerco a verificar la exclusiva marca del licor y sigo caminando hacia una segunda sala de recibo, donde está todavía empotrado un inmenso televisor en una columna central giratoria.

Aparte del televisor, en este recinto nada más queda; solo se oyen extraños ruidos; al extremo, todavía reluce (si se puede decir así) una escalera semicircular de mármol para acceder al segundo piso; ya no tiene pasamanos, pero no es difícil ascender por los amplios escalones. Subiendo, pienso en el ascenso vertiginoso de aquella gente, validos de su sucio comercio, y lo comparo con el ascenso de los otros comerciantes, de negocios no sucios pero administrados sin piedad para con sus servidores. ¡Qué paradoja! los unos, empobreciendo a la gente con sus negocios “limpios”, los otros, tendiendo demagógicamente la mano a esa población empobrecida.

Me recibe un amplio corredor que, en su tiempo debió de ser muy fastuoso. También hay huellas de obras de arte, marcas de consolas que estuvieron adosadas a la pared, rastros de muchas pisadas sobre los tapetes. Camino sobre estos vestigios y me imagino siendo el compinche que llega a donde el capo a darle las buenas nuevas que no se podían comunicar por otro medio; me imagino siendo la mujer voluptuosa que venía a vendérsele al hombre que pagaba fortunas por unas buenas tetas; me imagino siendo el cómplice caído en desgracia que viene arrastrado por otros dos a rendirle cuentas al jefe.

En mitad del corredor hay una puerta para ingresar a lo que fue un amplio y opulento baño. Entro, ya está oscureciendo, por la falta de luz eléctrica todo es sombrío; las sombras parecen incrementar la intensidad de los ruidos que se han estado escuchando: silbidos, arrastres, traquidos. Al fondo, parece venir un hombre hacia mí; me siento completamente erizado, no sé si salir huyendo; resuelvo enfrentarlo y camino hacia él; ¡es un espejo! Pero no es la imagen que me devuelven todos los espejos; ésta me hace muecas; la miro fijamente y me mira fijamente; me río burlonamente y también se ríe de mi.

Concluyo que estoy enfrentado a mi otro yo y le hago preguntas; parece modular pero no le escucho nada. Me quedo helado unos momentos, pero luego reflexiono sobre ese “otro yo” que parece enfrentarme. ¡Eso no es más que una imagen en un espejo! No debo inventarle connotaciones esotéricas; mi otro yo está dentro de mí mismo. En realidad, tengo muchos “otros yo”: cuando me domina la ira, otro yo hace cosas de las que se arrepiente luego mi primer yo; cuando me dejo llevar de la pasión, otro yo es capaz de vivir experiencias que el tímido primer yo no emprende, pero las disfruta cuando queda inmerso en ellas; es también otro yo el que me llama en ocasiones a reflexionar sobre recientes acciones equivocadas, otro yo el que me produce chispazos creativos.

Salgo, pues, del baño, transformado por estas cogitaciones y penetro a una espaciosa habitación; todavía está allí la cama de agua, inmensa, detrás de ella un bar (ya vacío) y a los lados dos mesas de noche con sus gavetas casi salidas del todo; quien haya saqueado allí, no tuvo tiempo de guardarlas de nuevo. Alcanzo a ver estos objetos porque entra un tenue rayo de luz por la ventana; alcanzo a notar también que la pintura de las paredes está descascarada y el cielo raso lleno de humedad. Pongo el “imaginador” nuevamente a trabajar y veo sobre el lecho a aquel mafioso-político-filántropo haciendo sus juegos amorosos con dos exuberantes hembras y llenándolas de billetes; transformo ahora ese tálamo en el mío matrimonial y revivo las escenas de más excitante recordación; ahora se estrecha hasta mi cama de adolescente y me llegan aquellas inocentes masturbaciones que eran terribles pecados para confesar al sacerdote… ¡Debo salir rápido de aquí!

Otro saldría a decir que la casa está hechizada, que lo asaltaron mil alucinaciones. Yo, no obstante lo miedoso que soy, me dispongo a continuar explorando y, sin hacer caso de las demás habitaciones, vuelvo a bajar al primer piso. Entro a una cocina lastimosa, que en su tiempo debió de ser como las magníficas cocinas de los antiguos palacios europeos, pero con todos los adelantos tecnológicos del siglo. Me imagino con qué gusto se comerían las viandas salidas de aquí y me represento el asco que me daría recibir cualquier alimento que se cocinara (si fuera posible) en el desastre actual, entre cucarachas; casi me dan náuseas. ¡Cómo hace la diferencia sobre un mismo objeto su presentación, su estado de conservación! ¡Cómo podemos dar una imagen maravillosa de nosotros con nuestra belleza física exterior, sea natural o artificialmente lograda, con la vestimenta, con los perfumes, aunque interiormente tengamos una anatomía sobrecogedora, unos contenidos intestinales que no necesito calificar, tal vez una personalidad torva, quizás unos pecados en el alma!

La oscuridad crecía y sentí el deseo morboso de bajar unas escalas que llevaban al sótano; me ayudaba únicamente con la luz del teléfono móvil que era muy tenue y no les hacía caso a los ruidos que se seguían escuchando, pues los atribuía a las ratas, ratones y otras alimañas. El sótano no era tan estrecho como imaginaba y no estaba tan desolado como pensé; se vislumbraban cosas grandes, como muebles, aquí y allí. De repente avisté a varias brujas volando por lo más alto del recinto. ¡Nuevo escalofrío! “¿Para qué me metí por aquí?” Traté de alumbrarlas con el aparatico; la luz no tenía ese alcance; las malvadas seguían revoloteando; intenté regresarme y tropecé y caí; palpando a tientas en el piso, recuperé mi celular y recordé que el muy cretino tenía servicio de linterna (¡cretino él, no yo!); nervioso, no encontraba como activarla y las brujas se me acercaban a la cara.

Encendida la linterna, esta me reveló un secreto: las brujas eran simples murciélagos. Nuevamente el misticismo se va de bruces al tropezar con la realidad. Como dijo el filósofo, “el reducir algo desconocido a algo conocido alivia, tranquiliza, satisface, proporciona además un sentimiento de poder. Con lo desconocido vienen dados el peligro, la inquietud, la preocupación”. ¡Murciélagos! Fastidiosos, sí, pero inofensivos animalitos. Los alejé agitando los brazos y enfoqué el chorro de luz hacia los muebles; descubrí que eran unos potros de tortura; allí debieron de haber llevado a muchos desgraciados para extraerles secretos o cobrarles cuentas; todavía se encontraban restos de sangre oxidada y muy aferrada y me dispuse a seguirla de mesa en mesa, cuando escuché unos quejidos lastimeros. “¡Madre mía! ¡Las almas en pena de los que aquí expiraron! ¿Cómo me metí en esto?” De improviso tropecé con un bulto; pensé que había quedado un muerto por allí; lo iluminé, esperando encontrar un horripilante esqueleto con colgajos de carne; se movió; era un hombre con ropas de miseria y aspecto de borrachera o “traba”.

“¿Qué hace usted aqui?” “No me haga nada; necesitaba un rincón bien oscuro y pacífico para dormir” “¿Para dormir la rasca?” “No me fumé sino un varetico chiquitico. Y necesito dormir para embolatar estos retortijones y este dolor de cabeza” “Bueno, hombre; sígala durmiendo pues” “¿No tiene unos pesitos por ahí? no tengo con qué salir a desayunar mañana”. Supe, pues, de donde venían los quejidos lastimeros –otra vez lo conocido me aliviaba– le acomodé un par de billetes en un bolsillo, lo dejé donde lo encontré y me fui a buscar las escaleras para subir y reponerme del susto. Logré llegar hasta la sala, vacilante de sueño; me eché sobre el sucio sofá para descansar “un momentito”.

¡Qué noche de pesadillas! Primero fue una de las típicas persecuciones de perro rabioso; el perro salió de un sótano y yo subía y bajaba escaleras huyéndole. Desperté sudando, pero ni recordaba donde estaba y quise conciliar el sueño de nuevo. La segunda fue una pesadilla garciamarquiana: yo estaba en el tétrico sótano y salía por la puerta que daba a las escalas; me encontraba de nuevo en el mismo sótano oscuro, o un sótano idéntico, con salida por unas escalas; me metía por estas y me encontraba de nuevo en el mismo sótano oscuro, o un sótano idéntico y así sucesivamente, aterrorizado, sin el alivio de un despertar…

El despertar sí llegó, bruscamente, en pleno día, con un fuerte sol y cuatro agentes de la policía sacudiéndome y haciéndome preguntas; querían saber qué relación tenía con “esos tipos”, dónde escondía la droga, y me requisaban. “Yo no conozco a esa gente” (estaban ahí, ya esposados, el que me tropecé por la noche y otros dos –deduje que estos últimos durmieron en las habitaciones que no visité– ). Nada valió, me condujeron con ellos a esta celda oscura y sucia de detención provisional; ya pasó todo el día y no me ha interrogado ningún inspector, no me han formulado cargos, ya veo que voy a pasar otra dura noche. Espero que mañana sí pueda alegar mi inocencia, pues no me encontraron nada ilícito en mi poder, ni me hallaron señales de estar bajo efectos de alucinógenos, no tengo el aspecto, las ropas, el comportamiento de un vagabundo vicioso y podré llamar a mi gente a que atestigüe por mí…

…Al menos, esa es mi optimista esperanza.

El faro

La corta extensión de arena amarilla estaba moteada de piedras negras que surgían aquí y allá como erupciones de lava ya fría. Corría paralela al mar de un azul plomizo, siempre rizado y coronado de espuma. Eternamente enfadado.

Pero no era libre, una altísima pared escarpada le impedía desarrollarse hacía el interior y saludar a los pocos habitantes del pueblo cercano.

Tampoco le permitía alcanzar su aspiración de convertirse en playa el brazo rocoso que la pétrea pared estiraba para tocar el agua.

En la punta de esta lengua sólida, bañada y castigada por la furia marina, había un faro. Era una hermosa construcción de madera de color rojo, frágil y poderosa a la vez, dispuesta a enfrentar la furia de los vientos. A la valiente torre la coronaba una cúpula plateada, brillante, de donde surgía una potente luz que, en las oscuras noches de niebla, abría un pasillo seguro para ayudar a los barcos perdidos a llegar a puerto.

Como todo faro que se precie, estaba habitado por un farero. Un antiguo lobo de mar que había enfrentado cientos de tormentas a lo largo de su dilatada carrera como capitán. De todas ellas había salido victorioso pero no tuvieron la misma suerte amigos a los que consideraba casi hermanos.

Por eso, cuando sus huesos empezaron a envejecer y acusar los efectos de la humedad y de la dureza del oficio de marino, nuestro viejo capitán decidió dedicar lo que le restaba de ésta a velar por la salvaguarda de las naves que surcaban los océanos.

El viejo faro hacía tiempo que permanecía abandonado. Los habitantes de la aldea se acercaban a encender el reflector en las noches más oscuras pero no bastaba. El ofrecimiento del capitán fue acogido, pues, como agua de Mayo.

El farero adoptó la costumbre de quedarse un rato acodado en la barandilla del balcón del faro antes de ir a dormir. Miraba absorto el amplio túnel de luz que se perdía en la negrura, oía embelesado la bravura del mar que, varios metros más abajo, estrellaba su furia contra las piedras y perdía fuerza en una nube de espuma volátil.

Pero una noche, diez años después de la primera, fue diferente.

Allí, donde el haz de luz chocaba con la solida pared del horizonte, un reflejo fosforescente surgió de repente.

Era una niebla extraña de un color blanco amarillento y aparentemente espesa, con un brillo fantasmal que emanaba del mismo centro y se extendía hasta la frontera de la mancha lechosa.

El viejo entornó los ojos intentando aclarar su visión, disminuida por las cataratas resultado de tantos años de mirar al sol para orientarse. Había tenido la sensación de que la niebla se aclaraba a retazos, dejando ver lo que parecían las velas de un barco.

De repente el sonido del rompeolas fue ahogado por otro mucho más alto. Él crujido ensordecedor de cientos de tablones de madera, aquejados de vejez. La cortina de vapor que ocultaba al culpable de tal escándalo se descorrió para dar paso al bergantín más grande que nuestro experimentado marinero había visto nunca.

Era una nave poderosa de dos palos con todo el velamen desplegado. El foque, el trinquete, la mayor, el juanete, la cangreja… infladas por la furia del viento la impulsaban en un avance enloquecido. La fosforescencia de las aguas y la velocidad del barco provocaban la apariencia de que la enorme estructura apenas rozaba la cresta blanca de las olas.

Y allí, en el puente, con las piernas separadas y sujetando el timón con manos firmes y poderosas estaba él. Era tan alto y fuerte como una de las columnas de Hércules. Su cara marmórea, cubierta de una espesa barba negra, mostraba una resolución imposible de contradecir. El pelo bruno e indomable, se encrespaba con el poder del viento que provocaba el balanceo constante de su cuerpo.

El farero sintió, como un mazazo, la mirada de la estatua que, inmune a los elementos, le dirigía directamente a él como si la distancia que los separaba no existiera. La sensación de proximidad se fue haciendo cada vez más fuerte de tal manera que, la visión del inquietante bergantín fue desapareciendo para dar paso a unos ojos cuyo fuego iluminaban la noche como cientos de hogueras plantadas en la pequeña playa.

Hipnotizado, miraba hacía delante sin ver atrapado en aquella mirada, sin percatarse de que el capitán de la nave había desaparecido del puente y ahora se encontraba a su lado, con su boca de labios pálidos como los de un muerto pegados a su oído.

No notó la presencia hasta que una voz cavernosa de tono apremiante sonó invadiendo su mente como si manara de su propio corazón.

  • Me conoces, Simón. Me has visto en tus sueños. Resido en tu conciencia. Me dejaste hundirme con mi barco. Me observaste mientras desaparecía entre las gigantescas olas agarrado al timón y me miraste a los ojos hasta que desaparecí. Igual que ahora. Dijiste “eres Satanás y tienes que volver al infierno del que saliste”. Como pescador de almas, recogiste a mi tripulación y decidiste que yo no era merecedor de ser salvado. Pero me debes algo, viejo. Un pago que quedó pendiente, una compensación por los años de vagar por el mar y enfrentar millones de tormentas a los que me condenaste. He vuelto a cobrarme la deuda.
    Al farero le invadió el terror. Inexplicablemente la nave, que momentos antes se encontraba a varias millas de la costa, ahora se balanceaba a merced de las olas peligrosamente cerca de las rocas y sin gobierno.
    Inclinado hacía él y casi rozándole, con la tez pálida como la de un muerto y los ojos relucientes de cólera, el capitán del barco le apuntaba con dedo acusador sin que el viejo supiera como había llegado hasta allí.
    Pero la cercanía del fantasma le obligó a fijarse en sus facciones y un nombre avanzó a través de la nebulosa en la que se había convertido su memoria desde hacía algún tiempo. ¡John Kerry! Aquel hijo de mala madre y vástago del mismísimo Satanás.

Quizás su versión de la historia no encajaba exactamente con la del maldito Kerry. Tampoco los pobres marineros a los que martirizó durante años lo verían como a una víctima.

Y hablando de víctimas, el “Halcón negro”, que así se llamaba el barco que ahora evitaba milagrosamente chocar contra el rompeolas, poseía en su haber gran número de ellas.

Simón recordaba algunas en concreto.

Su hijo Paul nunca quiso ser marino. Prefirió quedarse en tierra y dedicarse a cultivar una pequeña granja que apenas le daba para mantener a su mujer y sus tres pequeños. Un invierno terrible acabo con sus cosechas y las deudas con su exiguo patrimonio. Perdió la granja y se vio obligado, como muchos otros, a emigrar al Nuevo Mundo en busca de oportunidades.

El viejo le ofreció embarcar formando parte de su tripulación pero el hijo se negó. Era de tierra adentro como su madre.

Subieron pues a un gran buque con las manos vacías y el alma llena de esperanza, despidiéndose del padre bajo la promesa de enviar noticias nada más llegar. Pero nunca arribaron a puerto. El cruel destino quiso que el barco de la muerte de John Kerry se cruzara en su camino.

El “Costa del Norte” era una estructura enorme dedicada al transporte comercial, que aceptaba un número limitado de pasajeros. Tenía fama de guardar en su bodega fortunas en oro y mercancías. Paul y su familia habían depositado en manos de su capitán una pequeña fortuna reunida después de vender todo lo que poseían. El trato era llegar al Nuevo Continente en la mitad de tiempo que el resto de transportes.
Una noche muy oscura en la que la calma chicha los mantenía varados en medio de la nada, se oyó de súbito, horadando el silencio, el ruido de ciento de remos que acuchillaban la superficie plana del mar.
Los vigías del “Costa del Norte” intentaban otear la impenetrable negrura con sus catalejos para localizar el peligro que intuían, sin éxito.

Y, cuando el ruido ensordecedor lo inundo todo, como salido del mismísimo infierno, apareció justo a su lado el “Halcón negro”.

Los cañones prestos para disparar, los marineros encaramados a los palos y subidos a las barandillas, sujetando un cabo con una mano y un arma con la otra esperando la orden de abordaje.

El maldito John Kerry de pie firme en el puente, miraba a su objetivo como el león a la gacela.

En cuestión de segundos, la tripulación del depredador se hizo con la presa. Trasladaron la carga al “Halcón”, encerraron a todas las almas del “Costa del Norte” en la bodega y dispararon una salva de cañonazos en su línea de flotación .

El enorme buque desapareció en las negras aguas con solo un crujido acompañado de los gritos de las víctimas inocentes como despedida.

Así fue como el viejo farero perdió a toda su familia. Nunca más volvió a verlos y solo le quedó el consuelo de mirar al insondable mar para ver las caras de su hijo, nuera y nietos que le sonreían desde las profundidades.

Por eso se empeñó en hacer desaparecer aquel cáncer de las rutas comerciales. Le persiguió durante décadas dejando otros piratas en su camino de venganza. Todas las trampas que utilizó parecieron inútiles hasta una noche oscura de calma chicha. El ruido lúgubre de los remos volvió a invadir el espacio, amenazante. Pero Simón estaba preparado. Mientras en cubierta permanecía la tripulación justa, en las bodegas se hacinaban cientos de hombres armados hasta los dientes y preparados para la batalla.
Cuando se inició el abordaje las bocas de las cubiertas empezaron a escupir combatientes. Estaban igualados en número y ninguno tenía intención de rendirse. La lucha fue cruenta y solo acabo cuando los únicos supervivientes de la tripulación del “Halcón Negro” eran John Kerry y los pobres desgraciados que usaba como esclavos atados a los remos.

Y entonces la venganza fue completa. Sujeto al timón, de pie y con la cabeza erguida, el maldito Kerry no pidió clemencia en ningún momento mientras el barco de la muerte se hundía. Simón esperó a que solo quedaran visibles la parte superior de los palos para lanzar su maldición:

  • A partir de ahora y por toda la eternidad, vagaras por los mares enfrentando las más terribles tormentas.
    El farero emergió de los recuerdos como de un sueño profundo y mirando directamente a los ojos de fuego del fantasma le preguntó:

  • ¿Qué quieres demonio?.

La voz cavernosa sonó de nuevo.

  • Fuiste muy cruel, viejo. Me debes una compensación. Mi amo necesita almas para sus calderos y tu tienes aquí una buena provisión de ellas. Atraerás a los barcos hacía las rocas y yo vendré a recoger a las víctimas para llevárselas a él.

El anciano le miró desafiante.

  • ¡Nunca!, gritó.

Una risa lúgubre lo invadió todo. La mirada de Kerry volvió a llenar el horizonte y sus palabras sonaron como un trueno en la noche estrellada.

  • Bien, tú lo has querido. Serás un magnífico piloto. A partir de ahora me acompañaras en mi singladura eterna.

A la mañana siguiente la señora Evans acudió al faro como cada día. Le hacía un poco de limpieza al viejo Simón aparte de llevarle la comida y prepararle el almuerzo. También le daba conversación. La pobre mujer no podía entender como alguien soportaba una soledad tan absoluta. ¿Horas y horas sin hablar con nadie?.¡Ella se moriría!.

Entró sin asombrarse de no encontrar al farero. A aquella hora revisaba el foco y lo limpiaba para que, a la noche, estuviera en perfecto estado. Lo que si le extrañó es que la cama estuviera sin deshacer. Pero pensó que el anciano habría sufrido de insomnio o el tiempo se había complicado y había permanecido alerta por si algún barco tenía problemas.

Se puso su delantal y se dirigió a la cocina.

Empezó a extrañarse cuando, acabadas sus tareas, el farero no había aparecido para consumir el almuerzo que, dispuesto encima de la mesa, se había quedado frío.

Recorrió la planta baja. Salió fuera y rodeo todo el perímetro exterior del edificio llamándolo a gritos. Ni rastro.

Temiendo que pudiera haberle pasado algo, corrió al pueblo para avisar a la autoridad ya que, la pobre mujer, no se atrevía con las altas escaleras de caracol que daban acceso a la cúpula.

La policía acudió pero no encontraron ha Simón por ningún sitio. Se organizaron partidas para rastrear los bosques cercanos. Barcos de pesca patrullaron el mar por si hallaban su cuerpo.

Tras varios meses de búsqueda infructuosa, se concluyó que probablemente el anciano había caído al mar durante la noche y la corriente arrastró su cuerpo lejos de la costa.

Mientras tanto nuestro buen capitán permanecía prisionero en el calabozo del “Halcón Negro”. El maldito John Kerry solo le dejaba salir por las noches para ayudarlo en el manejo del barco. Pero a pesar de la condena inmerecida él estaba contento. No consintió que ningún farero se plegara a los deseos del demonio.

La lealtad del delincuente

Un destello de luz entró por el pequeño agujero entre las cortinas de mi cuarto. El rayo viajó a través de las partículas de suciedad que flotaban, debían ser las tres de la tarde o incluso las cuatro; mis ojos estaban tan secos que ardían, la piel parecía estirarse sobre mi cuerpo. La noche anterior fue una más, ya estaba acostumbrado al malestar de despertar; alcancé la cadena alrededor de mi cuello, su dije era un pequeño compartimiento y en su interior estaba lo único que me podía ayudar. Utilicé la tapa para sacar un poco del polvo blanco, lo acerqué a mi nariz e inhalé con fuera para el polvo se meta in mis pulmones. Sigue leyendo “La lealtad del delincuente”

Modo Avión

-Pon tu móvil en modo avión-insistió la mujer.

El hombre la miró fastidiado pero lo hizo. Bastante tenía con el pánico a volar como para discutir con la pesada de su esposa. Para qué narices tendrían que viajar a Palma de Mallorca a celebrar su cuarenta aniversario de boda. Si cuando fueron allí, en barco, por supuesto, ella se mareó tanto que se puso enferma durante toda la semana y no pudo ni siquiera estrenar el matrimonio en condiciones. Sí, ella cedió, por su insistencia, pero con mala gana y apresurándole. Así no se puede pasar una noche de bodas, ¡leches!.

Tampoco es que ella fuera muy apetecible en esos momentos. Olía a vómito y a sudor agrio. Y sólo le repetía, “¡vamos vamos!” como si tener un orgasmo fuera cosa de apretar un botón. Y desde entonces cuando a veces tienen sexo y ella no tiene ganas, si le dice “vamos” una sola vez, su pene, ya no muy en forma, se desliza flaccidamente hacia dentro y el finge. Finge que se corre, para que ella no piense que es impotente, que no es capaz de cumplir con su hombría, de la que siempre ha presumido, igual delante de ella que de sus amigotes de la partida de cartas.

“¿Qué le ha pasado estos años?” su rostro ensimismado en una revista de moda parece distinto. Ahora tiene arrugas, pero no le importa, si siguiera mirándolo con el aprecio de los primeros años de casado. Tampoco le importa sus pocos quilos de más aunque ella diga que le sobran diez. O sus manos ásperas del trabajo como peluquera, siempre con productos químicos. Nunca le importó que ella tuviese sus manías de limpieza, o que no le gustasen los pimientos y que jamás cocinara algo con ellos.

Porque siempre la amó. Amaba cada uno de sus tics, como cuando sacaba la lengua ligeramente al concentrarse. El la devoraría a besos en esos momentos. O cuando en los días fríos, aplastaba sus pechos en la espalda de él, buscando el calorcito y encontrando siempre un revolcón. Amaba cuando se levantaba y le hacía un café delicioso, o cuando se le quemaba la tortilla de patata. Él siempre trabajó mucho y estaba poco en casa, pues era chófer de camión y aun así, le hizo tres hijos. Porque la amaba.

Cuarenta años de casados más seis de novios. ¡Qué pronto había pasado el tiempo! y cómo había cambiado ella. “¿Habré cambiado yo?” Es cierto que estoy arrugado, pero fuerte, y que tengo más pelos en el cuerpo que en la cabeza, pero me siento joven, a mis sesenta y cinco y recién jubilado. Me siento igual que cuando tenía treinta. Mi cabeza piensa igual aunque he de confesar que mi cuerpo no me acompaña.

-¿Has puesto el modo avión?-repite la esposa levantando la cabeza de la revista.

-Sí cariño.

Y ella, volviendo al crucigrama, se concentra sacando la punta de la lengua entre los labios, lo que provoca una sonrisa en el esposo, y un pensamiento. “No, realmente, no ha cambiado”.

Los Retos de Jaime Alberto

Jaime Alberto es un muchacho de 25 años que no hace mucho terminó su carrera universitaria y tiene dos años de experiencia en su trabajo. Allí en la empresa maneja buenas relaciones con sus compañeros, a saber, Teresa la misteriosa, que siempre lo saluda amablemente; Jairo el seudosicólogo, que lo estima mucho, según lo dice; Nicolás el pragmático que no lo mira muy bien, pero mucho le habla; Blanca la administradora de profesión, bonita y femenina, que le atrae fuertemente; Mauricio el estadístico que lo mira como con ganas y Rafael el abogado, muy místico, que le prodiga muchos consejos.

Con frecuencia almuerzan juntos. En la mesa se hacen chanzas, se ríen del jefe, se carcajean recordando chascos de otros funcionarios, comentan sobre fútbol, películas, música y también, en ocasiones, hablan en serio. Rafael, por ejemplo, ha insistido varias veces en la importancia de la meditación; “le hace aseo a la mente, refresca, predispone para cosas grandes”, y Jairo, el seudosicólogo, remata insistiendo en el “conócete a ti mismo”; “antes de meditar tengo que encontrarme a mí mismo, conocerme, solo así recibiré los beneficios de la meditación”.

Jaime Alberto ha intentado varias veces el ejercicio del autoconocimiento; se ha plantado frente al espejo del baño preguntándose “¿quién soy yo?” y se contesta “Jaime Alberto Barreneche Jaramillo, con cédula número 20.205.405”; “ahora ¿qué más me pregunto? – ah… ¡sí! dirección y teléfono – son tal y tal”; “mi edad, mi profesión,… mis gustos: el fútbol europeo, las baladas, el jazz, el rock sinfónico, el pescado y los mariscos, el ron, el brandy, las mujeres bonitas… ¿qué más? ¡No se, no se!, mas bien le digo a un amigo que me cuente todo lo que conoce de mi; los amigos lo conocen a uno mejor que uno mismo”. Y hasta ahí llegaba el intento.

En fin, a nadie tenía que darle razón de sus reflexiones, entonces seguía departiendo con sus compañeros, al lado de la cafetera y a la hora del almuerzo. Un día, comentando sobre aquel deportista que dejó el fútbol para dedicarse al ciclismo, hablaron Mauricio y Jairo de la importancia de trazarse un proyecto de vida, para andar seguros en busca del éxito. Jaime Alberto se quedó pensando –además de en las, para él fastidiosas, miradas que le dirigía Mauricio– en su falta de un proyecto de vida y ahí fue donde se le ocurrió que para encontrarlo debería hacer el ejercicio de meditar.

Se tendía en la cama, relajado y con las luces apagadas, en plan de meditar, pero no sabía como empezar; trataba de dejar la mente en blanco, como le habían indicado, pero pronto ese blanco se pintaba de Blanca, la que tanto le gustaba; se pintaba de Bayern München, Mónaco, selección Colombia; se pintaba del informe sin elaborar en el trabajo; del dinero que le debía a un amigo; del carro que ansiaba comprar; del paseo que debía planear para vacaciones… Perdido, pasaba a pensar en el proyecto de vida; “¿que importa que me salte un paso?; un proyecto es algo concreto, la meditación es muy abstracta”. Después de muchas vueltas en la cabeza, lo vencía el sueño, se despertaba a las 2, se empiyamaba y ahora sí dormía “como un angelito” hasta el momento de castigar al despertador por inoportuno.

Comentó en el almuerzo sobre el frustrado intento de formular su proyecto; Jairo hizo una perorata que quizá ni él mismo se entendió; Nicolás lo llamó a ser práctico, a adoptar como proyecto algo concreto que quisiera conseguir a lo largo del tiempo, ya en bienes materiales, ya en progreso personal; Rafael le recomendó partir de su propia consciencia del objeto de su existencia, el que encontraría por medio de la meditación; Blanca le dijo que, sin dar tantas vueltas, tomara en cuenta sus propias capacidades y atributos, combinados con sus mejores sueños. Fue la oportunidad de Mauricio para hablarle de “los tesoros que tú tienes; están a la vista y no eres consciente”; Teresa doró la píldora hablándole de los múltiples potenciales del alma, pero Blanca lo volvió a aterrizar en que debía partir de lo que el mismo se sentía capaz de hacer para conseguir con ello las aspiraciones personales mas significativas.

Se moría por Blanca, pero no era capaz de hablarle, más allá de los asuntos de trabajo y de las charlas en grupo. Era ella una morena bien proporcionada, con una linda carita de mirada juguetona y sonrisa conquistadora; hasta los adminículos de ortodoncia le lucían de maravilla. Ese martes llegó ella con su negro, lacio y brillante pelo cogido en dos trenzas que la hacían ver como una chiquilla traviesa, con una mirada coqueta en sus saltones ojos negros, luciendo un suéter rojo vivo muy ajustado, que hacía resaltar su par de lujosas delanteras, y un pantalón blanco forrado y reluciente que no permitía desviar la mirada de esa redonda retaguardia. Jaime se puso pálido al verla y tuvo que salir corriendo a tomar agua; recuperó los arrestos y se dirigió a buscarla en su escritorio, mas cuando lo fulminó con su mirada solo atinó a preguntarle como iba con el informe que le habían asignado para el miércoles.

Llegó por la noche frustrado a casa y sacó de una gaveta sus revistas de Playboy que allí mantenía, para consolarse contemplando a aquellas a quienes no tenía que dirigirles la palabra, mas en pocos minutos recordó aquello de “alejar las tentaciones” y dejó las revistas junto a la puerta de salida con el firme propósito de llevarlas por la mañana, de salida, al depósito de elementos reciclables. Blanca merecía toda su atención, no se iba a desviar e iba a ser capaz de hacerle la corte. Quizás ella iba a ser la esencia de su proyecto de vida.

Salió temprano con las revistas bajo el brazo, las dejó sobre el material reciclable y debió devolverse al apartamento a recoger el teléfono celular, que había dejado olvidado. Al volver al primer piso, lo esperaba Gladys, la empleada del aseo del edificio, otro churro, menos pulido que Blanca, pero igual de joven y deseable. Con una sonrisa socarrona, le preguntó si podía disponer de “esas” revistas; “claro, las he descartado”; “¿es que prefiere pasar de las virtuales a las reales?”; Jaime se sonrojó y dijo, como por salir del paso, “exactamente”; “yo puedo hacerle un contacto, conozco a alguien muy especial”; “ya veremos, voy de afán”.

Todo el día estuvo distraído en el trabajo; pensaba en la tentadora oferta, pero se le atravesaba Blanca, bien fuera pasando por el corredor o pasando por su mente; se decía que debía alejar las tentaciones, trabajaba algún rato y volvía a pensar en lo de Gladys. En el almuerzo, casualmente, Blanca no pudo estar porque salió para alguna diligencia personal y el tema que planteó Teresa fue el del autodominio, “llave de la vida espiritual, requisito para el contacto con los seres del más allá y buen compañero para lograr lo que se debe conseguir con esfuerzo”. Todos se preguntaban entre carcajadas si fue autodominio lo que les faltó a los jugadores de la selección Colombia, que no pudieron ganar el partido de la víspera.

Al final del día se dirigió a su apartamento decidido a buscar a Gladys a la mañana siguiente y aceptarle la oferta. Pero al entrar a su recinto, de repente, se dijo “domínate, no hagas locuras”. Se preparó una comida ligera y se acostó, pero dio vueltas en la cama toda la noche, pensando a ratos que debía aceptar la oportunidad que Gladys le ofrecía y, a ratos, que debía ser prudente y practicar el autodominio. Saliendo del ascensor por la mañana, se encontró a Gladys de frente; “¡que casualidad!, dijo esta, acabo de entrar y me lo encuentro” (había llegado temprano para esperar a Jaime Alberto y aún no se había cambiado, para aparentar estar apenas entrando); estaba vestida de minifalda y buzo apretado, sobre unos pechos sin sostén, muy maquillada y de uñas pintadas de rojo intenso. Al muchacho se le vino al suelo el “autodominio” y le disparó: “dame los datos del contacto”; “el contacto lo hacemos tu y yo, si te gusto”; “ehhh,… pues… pues sí, mamita, pero… ¿como hacemos?”.

Ella le pintó todo el plan en un instante, pues ya lo tenía bastante bien tramado: el llegar ía temprano del trabajo como todos los jueves y se irían a su apartamento; para que nadie los viera juntos, el subiría primero y después ella, que iba a tener aisladas las cámaras del primer y sexto piso, para que no quedara registro de su entrada y salida del apartamento. A el le pareció genial, le dijo que se encontrarían, pues, a las 5 de la tarde y se despidió picándole un ojo.

A las 10 debieron pasar a un pequeño auditorio para la charla de un asesor de la empresa sobre misión, visión y valores. Después de las consabidas pautas para la definición de la misión y la visión, se centró el hombre en una interesante discusión con Teresa y Jairo sobre los valores, a los que daban la mayor importancia porque serían los determinantes para no ostentar una misión vacía ni una visión anodina; el no comprometerse con unos valores claros y positivos impediría formular una misión válida o, incluso si se formulaba, no se cumpliría con un significado humano y social; y el no ser fieles a los valores a lo largo del tiempo impediría el llegar a materializar correctamente la visión.

Nueva preocupación para Jaime Alberto, quien resultó identificando su misión en la vida con su proyecto de vida y concluyó que para llegar a conquistar a Blanca tendría que adoptar unos limpios “valores morales”. Salió a almorzar resuelto a no concretar con Gladys lo pactado para esa noche y estuvo toda la tarde autoconvenciéndose de que iba a hacer gala de pleno autodominio e iba a despachar a aquella mujer sin mas explicaciones y le iba a dedicar la noche a la meditación.

Al abandonar la oficina por la tarde, pensó un momento en irse a un cine y llegar tarde al apartamento, de modo que la chica se hubiera ido, cansada de esperarlo, mas su talante honesto le hizo pensar que era mejor hablarle de frente y explicarle que no estaba dispuesto a correr esas aventuras; “encontraré las palabras adecuadas y la convenceré”. Apenas entrando al edificio, la encontró en el seductor atuendo de la mañana, con una cara de encanto y una pose incitante; todas sus precauciones se le vinieron al suelo mientras la libido era la que se le alzaba. Solo supo decir “espera un ratico para subir; no conviene que nos vean juntos; te dejaré la puerta entreabierta”.

Entró Jaime Alberto a su guarida, cerró tras de sí la puerta, físicamente con el trasero, y se quedó recostado a ella pensativo; “¿que hago?; ¡esta mujer está muy buena! ¡No, no! No le puedo abrir” y le echó doble llave a la cerradura. Se fue a su habitación a descargar sus objetos personales. No mas ponerlos en su sitio, sonó el timbre. “¿Que hago? ¡Cómo la dejo afuera, eso no es de caballeros!”. Se dirigió a abrirle, ella lo miró entre asombrada y disgustada, el le dio la mano y la entró prácticamente arrastrada, pero al cerrar la puerta un impulso lo llevó a pegarse a ella y rodearla con sus brazos; comenzaron a besarse y, a partir de allí, el autodominio de Jaime Alberto se disolvió como azúcar en el agua.

El viernes, el jefe propuso un paseo dominical a un embalse cercano, para disfrutar de un bote inflable que se había comprado y ofreció su propio vehículo para llevar a algunos. Salieron pues el domingo muy temprano ocho personas, incluida la esposa del jefe, distribuidas en su carro y el de Jairo. Iban llenos de fiambres y elementos de juego. El día estuvo muy bonito, pleno de sol y se situaron en una ribera empradizada, colocaron las cosas sobre la hierba y armaron una pequeña carpa que serviría para protegerse del sol o de una eventual lluvia; unos caminaron hacia un punto de la orilla desde donde se podía pescar; el jefe salió con su esposa en el bote a remar un poco por las serenas aguas pues, como propietario y anfitrión, le correspondió el honor de ser el primero; se quedaron los demás, que eran Jaime Alberto, Blanca y Rafael, jugando sobre la hierba, primero con unos boliches plásticos, después con una pelota. Cerca del medio día regresaron los del bote hablando bellezas del paisaje aguas adentro y de los interesantes animales que se observaban; se animaron Teresa y Jairo a salir a su ronda por las aguas y los demás se quedaron preparando el almuerzo, incluyendo unos pequeños pescados que los improvisados pescadores se habían cobrado de la represa.

Después del almuerzo, todos hicieron una medio charla, medio siesta, sobre la mullida hierba y luego empujaron a Blanca y Jaime a salir juntos en el bote; no se hicieron rogar y salieron haciendo chanzas y recibiendo “recomendaciones”: “no muchos besos”, “no se queden en la isleta”; “no vayan a naufragar por estar entretenidos en lo que no se debe”… Por la forma del embalse, pronto quedaron fuera de la vista del grupo, entre bosques de pinos, y Blanca se mostraba algo nerviosa, pues indudablemente el Jaime le gustaba mucho, pero no se atrevía a demostrarlo; se lanzaban manotadas de agua; amagaban, en broma, a lanzar el uno al otro fuera de borda, se reían a carcajadas y así en ese gozo, como de niños pequeños, sin nada de romance explícito, avanzaron muy lejos dentro de la laguna y súbitamente empezaron a encontrar piedras y turbulencias y tuvieron que esforzarse para enderezar el rumbo y regresar.

Todavía se extraviaron por uno de los brazos de la laguna y estuvieron muy solos en medio del apabullante silencio… Se miraban por largo rato y ninguno de los dos tomaba iniciativa alguna, Blanca por timidez, o tal vez pensando que la iniciativa la debe llevar el hombre, y Jaime porque la carga del “pecado” reciente le hacía pensarse indigno de esta mujer; también el susto de que empezaba a oscurecer y debían encontrar pronto el camino de regreso los inhibía completamente. Por fin llegaron y sus compañeros, que tenían todo preparado para salir y ya estaban preocupados por la larga ausencia, los miraron maliciosamente, haciéndoles preguntitas capciosas.

Durante las semanas siguientes, Blanca y Jaime se saludaban muy cálidamente en la oficina buscando oportunidades para conversar, aunque fueran meros asuntos de trabajo. Jaime Alberto volvió a sus intentos de meditación, ya no para encontrar el objeto de su existencia sino para hallar la manera de dar el paso con Blanca sin cargar con el consabido remordimiento.

Un viernes tenían celebración en grupo de la septembrina fiesta de “Amor y Amistad” a las 5 de la tarde en la oficina. Estuvo muy animado el intercambio de obsequios, deliciosas las bebidas y muy rica la tertulia; ese día parecían estar todos muy relajados, amigables y dispuestos. Cuando oscureció, propuso el jefe salir juntos a una atractiva tasca recién inaugurada para continuar las animadas conversaciones y comer. Ni cortos ni perezosos se fueron todos para el sitio y ocuparon una mesa larga muy bien dotada. Al calor de los brindis y el gusto de las viandas, se animaron mas las conversaciones en los grupitos que se fueron conformando de acuerdo con la cercanía en la mesa (cercanía no muy casual, pues mas de uno buscó quedar situado junto a alguien).

El jefe se trenzó, sorprendentemente, en conversaciones de temas místicos con Teresa; de la cábala pasaron al horóscopo y de allí a las cartas astrales; Rafael empezó a discutir sobre reforma a la justicia con otro abogado de la empresa; hay quienes no se desprenden de los temas serios ni en los momentos de descanso; Jaime Alberto, Blanca y Nicolás continuaron una discusión sobre misiones y visiones que traían desde la tertulia en la oficina; Mauricio se las ingenió para buscarles charla a dos programadores jóvenes que se habían vinculado esa semana y se le veía muy animado con ellos.

Jaime, con los tragos, quería buscarle el lado a Blanca, pero no sabía como deshacerse de Nicolás, hasta que al rato un angelito lo salvó, Jairo, quien vino a proponerle una apuesta sobre fútbol; se fueron ambos a discutir lo suyo y la parejita quedó a sus anchas y, como los que los rodeaban estaban muy posesionados de sus respectivos temas, estos pudieron materializar el encuentro “a solas” que hacía tiempo quería cada uno volver a tener con el otro; pero se miraban y no sabían de que hablarse; tímidamente, cada uno le hablaba al otro del clima, de las bufonadas de un presidente extranjero, del ganador de los 60.000 millones con las balotas…

Similarmente Mauricio encontró que uno de los novatos programadores vibraba con él pero el otro era muy “serio”, y no pudo deshacerse del último ni con los mas ingeniosos subterfugios; así que siguieron charlando de temas generales, pero sin economizar dicientes miradas. Precisamente esto fue lo que les dio el motivo a Jaime y Blanca: esta le comentó “¿has visto como se miran aquellos?”; el contestó “así quisiera yo que me miraran”; “¿quién?”; “alguien que tengo cerca”. Con eso bastó para que ella le lanzara una tierna y conquistadora mirada y le tomara la mano; el enrojeció, pero le sostuvo la mano y se le soltó la lengua; volaron las confesiones sobre el reprimido amor de parte y parte y quedaron abstraídos del paso del tiempo.

A media noche empezaron las despedidas; alguien que tenía vehículo ofreció llevar a casa a uno que era vecino suyo; entonces otros se pusieron de acuerdo para pagar juntos un taxi que los fuera dejando por el recorrido; Mauricio logró que el programador joven aceptara irse con el, y Jaime Alberto tuvo la valentía de invitar a Blanca a pasar juntos por otro lugar antes de volver a casa.

Insomnio

La oscuridad de la noche empezó a caer en la antigua casa. Sus paredes anchas mantenían la temperatura a través del día, pero cuando empezó la soplar el viento el frío entraba por pequeños agujeros alrededor de las ventanas; mi cuerpo se enfrió rápido y con él llegó el primer sonido. Temí por mi vida al escuchar la voz de un hombre, las palabras parecían ser de un lenguaje que desconocía, sin herramientas para defenderme decidí cerrar los ojos y dormir; los intervalos de sonidos cada vez eran más cortos; las palabras llevaban cada cuarto de hora; pareció una eternidad, mi mente no podía dejar de repetir los sonidos para intentar entenderlos.

Las manecillas del reloj marcaron las dos y empezó la voz de una mujer. Ella parecían estar respondiendo a la primera voz, empezaron a llegar con mayor frecuencia, luego la voz de un hombre más joven y finalmente otra mujer; los sonidos llegaban dos o tres minutos después del anterior, supe que no podría dormir. Así que abrí la ventana de mi cuarto y regresé a la cama; sentir como el frío de la noche empezó a entrar y rodear todo.

Las voces se quedaron en silencio por más de lo que imaginé. Empecé a sentir sueño, mis párpados se volvieron pesados, giré el cuerpo para estar cómodo sobre la cama y le di la espalda a la ventana que dejé abierta; con los ojos cerrados esperé en silencio, los sonidos debían regresar, pero no lo hicieron. La noche siguió su ritmo, yo fui cayendo en el más profundo sueño, pero me esforcé por mantenerme despierto; la curiosidad era más importante, eso pensé antes de sentirlos.

Con los ojos cerrados sentí a su energía entrar por la ventana. La temperatura del cuarto cambio, la brisa de la noche dejó de entrar por la ventana y poco a poco sentí al lugar llenarse de algo; no creo que eran ellos los que llenaron al cuarto, algo me dijo que eso que sentía era solo lo que los rodeaba cuando entraron. Estaba seguro de que ellos tenía curiosidad de mí, esa fue el única arma que pensé tener; mi idea era descabellada, la seguí confiando en lo que pensé y dejé que se queden en el cuadro mientras me mantuve inmóvil sobre la cama.

Por mucho tiempo no pasó nada. Me quedé acostado pensando en lo equivocado que estaba, sentí todo lo que estaba a mi alrededor hasta que se volvió normal y me mantuve en silencio para ver qué harían; era casi una hora desde que escuché su voz por última vez, los sentí a mi alrededor y estaba casi seguro de estar entre ellos. De repente sentí presión sobre mi cabeza, me asustó, pero intenté quedarme inmóvil por un instante; pensé que quitarme la presión de mi cabeza, me sacudí como lo haría un dormido. Cuando la mano se alejó de mi cabeza la sentí con claridad, me di tranquilidad saber que logré asustarlo y luego de unos segundos volví a sentir la mano presionar mi cabeza. Está vez me moví con fuerza y la presión desapareció.

Me quedé inmóvil. Su energía llegaba por todos lados, ellos parecían estar mirando mi cuerpo dormir, sus ojos llegaban por todos lados y sentí a uno de ellos sentarse sobre mí; pensar que alguien usaría mi cabeza de asiento fue inaceptable, giré con prisa y por primera vez sentí fuego brotar de todo mi cuerpo. Enfoque la mirada en la ventana abierta del cuarto y esperé hasta mirarlos salir; jamás pensé que mi energía sería capaz de atrapar a uno de ellos, lo tenía entre tentáculos de luz que brotaban de mi cuerpo.

Con la mirada enfocada en la ventana seguí presionando esa energía que brotaba de mí para aplastarlo. Muy despacio lo fui acercado a mi cuerpo, él parecía luchar para escapar, no podía dejarlo ir; la energía empezó a regresar a mí, con cada tirón sentí al ser perder fuerzas y lo seguí haciendo sin quitar la mirada de la ventana. Toda mi luz regresó al primer chacra, sentí un el primer pedazo del ser entrar; era cómo moverse a un ser vivo que sufre mientras te mira devorarlo, su cuerpo energético siguió entrando en mí, empecé a disfrutar el banquete.

Con cada tirón lo sentí entrar en mí. Su energía tenía un color diferente a la mía, con mis ojos abiertos mirando la ventana podía sentir el color de su energía; no era brillante y en comparación se veía opaca. Estar en mi interior no dio por terminada la lucha, hasta donde podía entender acababa de empezar; su energía era palpable, me sorprendió sentir a un ser de otro mundo de una forma tan clara. Él se movía en mi interior, era molesto tenerlo pataleando en mi primer chacra; fui capaz de usar mi fuerza interior para empujarlo dentro de mi cuerpo y hacerlo llegar al segundo chacra.

La última parte de su ser entró en mí y sentí como si otro ser lo hubiese soltado. A los pocos segundos el cuarto cambio de ambiente, lo que era un campo de batalla se convirtió en su trampa; su temor era palpable, lo vi escapar. Su silueta salió por la ventana, me quedé solo con mi presa, empecé a notar que lo podía mover y él no paraba de luchar; abrí mis chacras para tener mayor control y lo lleve a través de mi cuerpo.

Subió despacio. Lo seguí precioso y llevando su energía en dirección a mi cabeza; estaba seguro de lo que hacía, dejé que mi energía me lleve por un proceso jamás antes hecho y al llegar al sexto chacra empezó el temor. Solo una puerta quedaba abierta para que él tenga acceso total, me congeló la duda de dejarlo pasar; era mi presa pero no podía estar seguro, la posibilidad pasó por mi mente: una vez que abra el última chacra perderé el control de la criatura y el cazador se convertirá en la presa.

Pasó una eternidad antes de tomar la decisión. La energía del ser parecía ir tomando el color de la mía, sus movimientos cada vez eran más lentos, por un instante pensé que se rindió; me lleve de valor al ver la debilidad del ser, abrí la última puerta que lo dejaría entrar en el sexto chacra y la cerré luego de obligarlo a entrar. Una vez dentro de mi cerebro lo vi pequeño, casi insignificante; él parecía una bola rebotando dentro de las paredes del cráneo, con el tiempo su velocidad de noviembre empezó a aumentar y en cuestión de segundos decidí sacarlo. Al abrir las chacras lo sostuve con los tentáculos rojos que brotaron de mi primer chacra; su diminuta existencia se quedó atrapada entre las manos firmadas por mi energía, su cuerpo pasó por todos las chacras hasta quedar atrapado en el primero.

Mi mirada seguía firme contra las ventanas abiertas. Los últimos rasgos de su luz desapareciendo dentro de mí. Lo único que podía imaginar era encontrar al otro y atraparlo.

Somos la madre naturaleza

Una extraña idea revolotea en mi interior, la sensatez se pierde tras nubes oscuras y distantes; lo que tan hermoso solía brillar con la luz del sol ahora parece distante y escondido. Nos quedamos atrás y la lucha por vivir se va perdiendo; usamos el cerebro para pensar y perdemos. Es hora de detener el miedo y dejar atrás los lujosos diplomas que nos certifican como mano de obra calificada para vender nuestro tiempo a quien ofrezca mayor seguridad; somos esclavos del dinero.

Abrimos los ojos con fuerza para mirar el horizonte, solo alcanzamos a sentir el frío del viento que vuelva hacia nosotros, perdemos la fuerza para admirar las bellas praderas que no han vuelto; un día de oscuridad se torna en lo único que podemos recordar y nuestro cerebro que solo puede sentir intenta buscar refugio; nos quiere proteger de un día de sufrimiento. Somos tan ciegos al instante que vivimos en el pasado, intentamos que las señales del dolor nos lleven a buscar refugio y el temor nos invade.

Tenemos los recuerdos de días difíciles. El mundo es un jardín de emociones y disfrutamos cada una de ellas; en un instante olvidamos disfrutar las hermosas por miedo a las dolorosas, dejamos que nos lleven por un mundo oscuro. Caminamos encorvados con miedo al cambio, seguimos un patrón de trabajo por el cual intercambiamos tiempo por seguridad; nuestros cuellos metidos dentro del cuerpo de una tortuga que desea esconderse en su caparazón.

Sin alternativa para vivir nos encontramos buscando una razón de la depresión. Repetimos nuestras labores calificadas a la espera de una recompensa, mantenemos rutinas destructivas que acosan el fruto de la naturaleza y así nos convertimos en los autores de la destrucción de un pedazo de tierra; vendemos nuestro tiempo a cambio de la promesa de otros que ofrecen la respuesta a nuestros temores, seguimos sus comentarios como órdenes y dejamos que nos conviertan en estos seres de destrucción.

Parecemos estar vendados de ojos al daño que somos capaces de ocasionar. Cada día somos los autores de la depresión de nuestro corazón, sellamos los labios para pensar con la cabeza y creemos estar en control de tiempo; nuestro corazón mira en silencio como destruimos el fruto de millones de años de naturaleza, sufre pero no escuchamos su voz y caemos en agonía.

Somos el fruto de camino que tiene una gota de agua. Seguimos siendo lo que fuimos desde el inicio de los tiempos y nuestros cuerpos siguen deseando alcanzar el potencial de su crecimiento; aprender es el regalo más hermoso que podemos alcanzar, lo hacemos con amor ya que es nuestro corazón el que está pensando. Dejar a nuestra mente encargarse de las sensaciones, permitir que nuestro cuerpo envíe sus mensajes a través del sistema nervioso y vivir cada instante de júbilo y agonía con el mismo fervor; solo de esta forma nuestro corazón retomará el lugar que le corresponde, podremos pensar con el órgano que lleva de vida nuestro cuerpo y podremos descubrir lo importante de dar cuando el cerebro solo sabe recibir.

Remigio

Incontables años de edad… Antes de disolverse la Unión Soviética, ya se veía a este viejo desocupado, con su tez morena y su cara muy seria, pero no hosca, andando por las calles del occidente de esta villa de Aná, a paso pausado, mirando detenidamente a cada transeúnte que se le cruzaba, como si ya lo conociera o quisiera indagarle algo… o tal vez esperando una autorización de saludo.

Parece que se llama Remigio, a juzgar por conversaciones escuchadas “sin querer queriendo”; el hecho es que mucha gente sí lo conoce, pero eso no significa que tenga muchos amigos, porque se le ve sentado solo a la mesa de una tenducha o en una banqueta al lado de algún negocio, mirando aleladamente el tráfago callejero, completamente silencioso, como si meditara con profundidad o esperara a alguien… alguien que nunca llega.

El negro Remigio es bajo de estatura, de orejas grandes, ojos negros, cejas muy pobladas y todavía muchas hebras de cabello sobre su amplia cabeza; sorprendentemente negras todavía esas cejas y esos cabellos; cualquiera juraría que se los tiñe, pero no debe de tener ni dinero para esos lujos, ni interés en hacerlo. El pobre y ajado ropaje que siempre lleva, sus zapatos gastados, muestran que no tiene esos recursos ni le interesa mejorar su presentación personal, pero sí lleva siempre sus hebras tan estrictamente peinadas hacia atrás, que se nos antojan engominadas.

Algunos clientes de las mismas tiendas o cafeterías donde él se instala horas enteras lo tratan con sorna; dado que es tan callado y tan viejo, unos dicen que es un jubilado del cine mudo; otros, aseguran que jugaba bolas (canicas) con el niño Jesús; otros, que le ensillaba el caballo Palomo a Simón Bolívar. Pero el hombre es impermeable a la burla y sigue imperturbable en su asiento o en su caminada, quizá perdido en serias meditaciones; ¿qué vamos a saber?

Una señora del barrio afirma que lo conoce desde que estaba pequeña; que a la salida del colegio siempre estaba este señor en la esquina lanzándoles miradas a las niñas más bonitas, pero que nunca se propasó con ninguna, ni les lanzó tan siquiera piropos. Otro señor acota que los vecinos lo llamaban “el sardinero”, por su manía de buscar a las señoritas, que en la época se les decía “sardinas”.

Un agente de policía jubilado aseguró un día, en un corrillo de la panadería, que Remigio fue sargento de la institución, que en las filas le tenían pavor por lo estricto; que no le perdonaba nada a nadie, que le encantaba asignar misiones difíciles y que se regocijaba cuando llegaban a rendirle informe de las azarosas aventuras vividas en esas misiones; eso sí, que él también se iba, y muy resuelto, a enfrentar a los maleantes cuando era necesario, sin ápice de vacilación.

“¡No, señor! dijo otro; el negro era maestro; les dio clases a mis hermanitos en la escuela pública; sabía mucho y era exigente, sobre todo en disciplina, y castigaba con una regla, en esa época en que estaban permitidos los castigos físicos, los que incluso eran reclamados por los padres de familia, para que sus hijos ‘crecieran rectos’. Los muchachos le decían ‘don Regligio’; él se enfurecía, los perseguía y se armaba la de Troya”.

“Pues a mí me asegura mi mamá, intervino el menor del grupo, no muy joven que digamos, que el Remigio era tendero; que tenía su negocio muy bien surtido por allí abajito, cerca de la iglesia, donde ahora se levanta un edificio de veinte pisos; que allá iban todas las señoras a comprar los ajustes de mercado y algunas chucherías de arreglo personal, como pinzas para el cabello, ligas y laca para el peinado; que también acudían los niños a comprar bolas, trompos (que en otras partes llaman peonzas), cocas (los baleros o boliches), laminitas de coleccionar (mal llamadas caramelos) y, por supuesto, toda clase de golosinas y helados; los señores tampoco salían de la tienda de Remigio, donde tenían su encanto: las cervecitas que el hombre les servía en un apartado, fuera de la vista de los niños, donde se entretenían discutiendo sobre los caballos de las carreras del domingo siguiente, hacían sus apuestas del ‘5 y 6’ y también armaban sus garroteras por el fútbol”.

Sin saber lo que se estaba comentando de él, llegó Remigio al humilde y deteriorado restaurante del frente y se sentó en la misma silla de siempre, la que parecía tener escriturada y que nadie le arrebataba; el dependiente, como por no dejar, le preguntó qué deseaba, aunque ya sabía la respuesta (“no, más tardecito”) y el negro le contestó “no, más tardecito”, con lo que el muchacho ya se fue tranquilo a seguir limpiando mesas con un trapo, acomodando vasos en la repisa y atendiendo a los pocos clientes que llegaban.

Remigio esta vez no se demoró y cuando salió calle arriba, paso entre paso, “como perdonando el tiempo”, tomó la palabra un hombre curtido y canoso; les dijo a los presentes que ninguna de las versiones era correcta, que él sí conocía toda la historia de la vida del viejito y que se las podía relatar si tenían paciencia. Recibida la venia, comenzó el hombre su versión…

“Este señor era marinero y no se llamaba (no se llama) Remigio, sino Apolinar. Empezó en la Flota Mercante Grancolombiana como simple grumete y le tocaba trabajar muy duro. Viajó el equivalente a muchas vueltas al mundo; conoció grandes puertos, como el de Barcelona, el de Hamburgo, el de Rotterdam, El Pireo, El Callao… Y en cada uno de ellos tuvo su amor. Se sabe de unas pocas, como una Ingrid, una Calista, una Esperanza… ¡Lo llamaban el terror de los siete mares! Al cabo de los años, un agrio altercado con un superior lo sacó del servicio y se vino a probar suerte en Cartagena.

“No tardó en alistarse en la armada nacional, donde necesitaban un baquiano para ciertos oficios en el buque escuela Gloria; algún tiempo después, le asignaron unos grumetes, pero fallaba en imponer disciplina, toleraba fugas con frecuencia y hasta él mismo se escapaba con una cocinera, de la que estaba perdidamente enamorado. Con todo esto, pronto se ganó otra trifulca con los superiores y debió calificar servicios.

“Se sabe que después trabajó con el capitán Ospina Navia en Santa Marta; lo que no se sabe es si también el capitán lo despidió o si él consiguió platica y se despidió del capitán; el hecho es que compró una lancha y empezó a pasear turistas por todo el litoral; lo buscaban mucho, porque era muy amable, conocía muchos lugares, relataba muchas historias y tenía un fino sentido del humor. Lamentablemente, la afición por la bebida le cogió ventaja, se vino a menos, de un momento a otro resultó debiéndole dinero a todo el mundo, también le achacaban hijos, pero no se lo habían podido demostrar aún, y terminó volándose para el interior del país”. Apuró un trago, los miró detenidamente a todos y salió.

Amagaron a irse, pero otro contertulio alzó la voz para decirles: “No le crean una palabra. Este es un teatrero y se mantiene elaborando fantasías como
esa. Remigio vive con su viejita desde hace muchos años, allá en el barrio más encumbrado del occidente, ese que está coronado por una iglesita blanca; nunca ha sido aventurero ni tiene tanto recorrido de mundo. A la vieja, no la saca a la calle porque es tullida la pobre; él se encarga de arreglar la casa, y salir por todo lo necesario”. Todos quedaron perplejos e incrédulos frente a tantas historias distintas.

Una nueva mañana y regresa Remigio con su paso de tortuga a sus lugares acostumbrados; se vuelve a sentar horas en cada sitio, sigue con su calladera, su mirada penetrante y su pasado misterioso. No se sabe en qué cavila tanto el hombrecito, mientras todo sigue transcurriendo a su alrededor, igual que un día antes, dos días antes, mil días antes…

La mujer 121

Marie era una preciosa niña de diez años. Unas largas trenzas rubias enmarcaban un óvalo facial pequeño, de tez pálida, casi ocupado por unos inmensos ojos azules, bordeados de largas y espesas pestañas negras.
Marie apareció un día deambulando por las calles de Londres. Tenía tres años y parecía estar sola. Apenas hablaba, dormía en cualquier rincón y comía de la basura de la calle. Iba vestida con apenas unos harapos y caminaba descalza.
Unos policías decidieron, acuciados por sus conciencias, llevarla al orfanato de St. Mary. Como no tenía nombre ni apellido, el director de la casa cuna le puso el mismo que ostentaba la Institución, y así, la niña vagabunda y anónima pasó a llamarse Marie Must. Le preguntaron muchas veces por sus padres pero ella decía o directamente se negaba a recordar. Por tanto, las autoridades decidieron inventar una historia para ella. No era nada original, la sufrían miles de niños en aquella época, madre prostituta, padre desconocido, cuartucho de los suburbios. La pobre meretriz, enferma de sífilis muere ignorada en el mugriento agujero que hace de casa. Nadie se percata durante mucho tiempo y la niña, acuciada por el hambre, escapa y vagabundea por las calles hasta que es recogida y llevada a la inclusa.
No se sabrá nunca si fue eso lo que le ocurrió a Marie pero ella lo acepta porque, con el tiempo, olvida que, su origen, fue inventado por otros y lo incorpora a su memoria como si fuera cierto.
Corría el año 1830 y había estallado la Revolución Industrial. A las clases poderosas, formadas hasta entonces por nobles, comerciantes, banqueros, terratenientes, se incorporará un nuevo elemento ciego y hambriento de poder, carente de escrúpulos. Su único dios será el dinero y hará cualquier cosa para obtenerlo. Su método preferido, la explotación. Me refiero, claro está, a los empresarios.
Y como “poderoso caballero es don dinero”, estos depredadores tendrán el apoyo incondicional de las autoridades en detrimento de los pobres explotados.
El objetivo de estos empresarios será que, el margen de beneficio entre la manufactura y la comercialización sea lo mayor posible. Para ello intentarán gastar lo menos posible en la mano de obra. Por tanto las condiciones laborales de lo que se dio en llamar por primera vez “obreros” serán lamentables. Ósea, exactamente igual que ahora, siglo XXI.
Aunque las circunstancias eran ideales para poder tener grandes beneficios con pocas inversiones, el objetivo de la reducción de costes les llevó a prescindir del trabajo masculino, más caro. Habían descubierto a los “obreros” ideales, las mujeres y los niños. Los podían mantener en sus puestos durante 17 horas seguidas a cambio de unas pocas monedas pero nunca protestaban.
Una de las fuentes principales que generaba gran cantidad de estos trabajadores infantiles eran los orfanatos. Los gestores de estas “caritativas” instituciones proporcionaban la mano de obra a cambio de un agradecimiento monetario.
Marie siempre había sido una niña buena, obediente. Era dispuesta, limpia y nunca protestaba o se enfadaba. Por tanto era una candidata ideal para acabar atada a un telar en la industria textil.
La despertaban a las 5 de la mañana fuera invierno o verano. Aunque lloviera a cantaros o se congelara el aliento. Con un delantal encima de su vestido de entretiempo y una bufanda que una vez le regaló una dama “piadosa”, caminaba con sus compañeros durante una hora para llegar a la fábrica. Les daban un mendrugo de pan y un trozo de queso que servía como almuerzo y comida.
Inmediatamente les colocaban en sus puestos que solo podían abandonar dos veces durante la jornada para hacer sus necesidades en un patio al que se le pasaba agua de vez en cuando.
Roían sus exiguas vituallas sin parar de trabajar.
De vuelta al orfanato, ya noche cerrada, apenas tenían fuerza para beber un vaso de leche aguada. Inmediatamente caían en un sueño pesado, producto del cansancio extremo.
Y pasaron cinco años. Marie se había convertido en una jovencita alta y muy delgada. Más pálida si cabe, más callada si eso era posible. Sus ojos azules eran opacos, hundidos, rodeados de negras sombras. Sus manos, prematuramente artríticas y su espalda encorvada eran el premio a todos los años de duro trabajo.
Pero ella se había resignado a su destino lo mismo que, de niña, aceptó un pasado impuesto. Sin protestar, sin rebelarse.
Pero el azar juguetón hizo que un día Marie conociera a una chica de su misma edad. Y quiso, así mismo, que acabara trabajando a su lado en la fábrica textil. Y la crueldad del hado no sería completa si esta chica, que se convirtió en la hermanita que Marie nunca tuvo, no estuviera enferma de tuberculosis.
Nuestra dulce niña, esa que jamás alzó la voz, que era dócil como una hoja movida por el viento, llevada por el amor fraternal y el instinto de protección del débil que toda mujer lleva dentro, pasó a tomar el protagonismo del huracán.
Se enfrentaba a los encargados de la sección de telares para conseguir más descanso para la enferma. Se colaba en la cocina de estos y robaba pan y lonchas de jamón para que pudiera alimentarse mejor.
Al principio no se le dio demasiada importancia a este cambio de actitud. Solo era un hecho aislado.
Pero una mañana, Ruth, dos telares más allá de Marie, se negó a que su hijo, Peter de ocho años, fuera obligado a empujar rollos de tela de 25 kilos.
Poco a poco, el espíritu de rebeldía fue prendiendo entre las trabajadoras como la chispa de un rayo en la hojarasca seca.
Inicialmente fue algo aislado, individual, con poca decisión. Luces que brillaban un momento y se extinguían rápido. Pero los corrillos a la salida cada vez eran más numerosos. Las voces de protesta fueron in crescendo de tal manera que se convirtieron en gritos que llegaron a oídos del que ocupaba el puesto más alto, el amo. Pasado el estupor inicial del que no entiende que unas pocas mujeres hallen el valor para enfrentarse a él, gran señor, su dueño, este se dio cuenta de que debía tomar represalias antes de que todo aquello se tradujera en perdidas para su pecuniario.
Buscó a las cabecillas, las incitadoras, las que con sus palabras incendiarias y sus razones inventadas habían conseguido arrastrar con ellas a esas otras pobres desgraciadas que se habían creido que tenían derecho a una vida mejor.
Porque las revoluciones no tienen justificación sino proselitistas charlatanes y convincentes.
Cuando consiguió la información que necesitaba, hizo lo que todo poderoso para luchar contra las reivindicaciones justas, utilizar la violencia y la represión.
Y así nuestra dulce Marie Must, la pequeña vagabunda anónima a quien nadie conocía, que nunca había importado demasiado y de la que pocos habian oído el tono de su voz, apareció una mañana atada a su telar, con las ropas rasgadas, muerta por los golpes de manos desconocidas como ella.
Pero, lo que nuestro poderoso no previó es que, con este acto de castigo, convirtió esa voz en un grito de rebeldía que llevaría a otras a tomar el testigo y daría a conocer, para siempre, a la valiente Marie.

Error Humano

No existe peor dolor que el de equivocarse, entre mayores repercusiones tiene tu decisión se torna más doloroso aceptar; es difícil mirarse al espejo de la realidad y aceptar que uno es la causa de los errores que comentes. En muchas ocasiones te verás positivo por como la vida funciona de una forma organizada y positiva, creerás que todo es cuestión de suerte y que tus pasos son coincidencia del destino; después de todo no puedes saber si tus decisiones tendrán una respuesta positiva.

Aquí empieza el problema, un error cambia tu perspectiva de la situación, dejas de ser la coincidencia del destino para convertirte en el error de una sociedad. Te vuelves la causa de todos los males que atormentan tu existencia, no existe ser más poderoso para causar dolor en ti que tú mismo; el tiempo pasa y las situaciones se van olvidando pero el dolor deja heridas en el cuerpo, muchas de estas no sanan con facilidad y peor aún si decides esconderlas para no recordar tu error.

En realidad la vida es mucho más sencilla que los aciertos o errores que comentemos, somos hojas de otoño flotando sobre las aguas de un río que busca su camino de regreso al mar; el viaje va a ser tormentoso y eso es lo mas hermoso, que seria de nuestra felicidad en un viaje sin altibajos, podremos ser felices en un mundo perfecto en el cual nada de lo que hagas puede ser doloroso. Es descabellado pensar que en un lugar donde el dolor no existe es posible que la felicidad se vuelva insoportable, imagino que seremos capaces de observar la felicidad de otros y compararla con la nuestra.

Estamos en este viaje listos para experimentar la mayor cantidad de emociones y sensaciones; somos obligados por la vida a experimentarlas, estamos congelados en el tiempo, vivimos sin escapatoria de los momentos que se fueron y en constante espera de los que aún están por llegar. Como niños seguimos buscando la aceptación de las imágenes paternas que encontramos en el transcurso de la vida, nos perdemos de quien realmente somos para cumplir las expectativas que nuestra imaginación crea; en realidad deben existir muy pocas personas capaces de leer la mente de otro con la precisión necesaria para estar seguro de que algo es esperado de uno. Incluso dado el caso que sepamos lo que otros esperan nuestro trabajo, ser únicos en nuestro crecimiento y aprender a escuchar la voz de nuestro corazón es el verdadero trabajo espiritual.

Debe existir alguna razón para que las cosas sucedan de la manera en el que lo hacen, es muy probable que esta razón y tu idea de los mismos hechos sean opuestas, el dolor que sientes al ver al mundo desmoronarse frente a tus ojos no es el mismo que siente los que te observan; en un mundo tan diverso lo único seguro es que tu razón es una millonésima parte de la razón, tus ideas serán diferentes a las del resto y eso es hermoso.

Uno debe disfrutar del dolor como el tiempo preciado en el que las cosas eran difíciles para hacernos fuertes y crecer; es fácil perderse en el camino cuando crees no ser capaz de manejar la frustración, todo lo contrario, el dolor que vives en este instante solo es un preparación para el camino que está por venir, es mejor que aprovechemos el tiempo para crecer. El viaje es extremadamente largo, cada instante tenemos la oportunidad de rendirnos y huir, pedir que el dolor termine para regresar a otro lugar; estamos aquí por una razón, aunque sea muy difícil entender la misma. Crezcamos cada instante para regresar a ese lugar que nadie conoce con la frente en alto y el corazón lleno de experiencias de tristeza y felicidad.